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Abuelas y Lejía

Y aunque su mirada fuera oscurísima, y más aún por dentro, su piel emanaba un olor limpísimo, a jabón y a abuela. Limpiaba mi alma a fondo sólo tocarle. Lamía su piel de Marsella y limpiaba las negrísimas heridas llenas de tinta.

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Publicación de ‘Helena, la buena actriz’

Mi relato Helena, la buena actriz fue publicado cómo parte del premio del concurso ‘Tiempo de sueños’, organizado por la editorial Editamás.

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Me pareció inocente durante unos segundos: des de que me abrazó en la cocina hasta que me agarró del moño y me arrastró a la cama. También me lo pareció cuando, sentado encima de mi, miraba con orgullo las gotitas brillantes que decoraban mis pechos.

Habían pasado nueve meses des de que nos encontramos en su coche, y ahora él había vuelto, para saludar, porque pasaba por allí y -he pensado que quizás te estabas muriendo de ganas de sentir algo de verdad, otra vez-. Vale, me callo. A la cama. Me subió a sus hombros, era alto, fuerte, ojos profundos. Olía a mandarina. Me llevó a mi habitación, me bajó. Cerré los ojos, por intuición, y noté calor, frío, calor, un dedo sobre mi obligo, que subía a por mi piel, hacia mis pechos, que se mezclaba con mi pelo. Me estremecí profundamente. Me recogió el pelo con la mano, rozando apenas mi piel, que se fundía con su tacto. Su respiración en mi cuello, inspiró profundamente y susurró: “eres mía”.

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Helena, la buena actriz

A mi Director.

A Helena le encantaban las galas de entrega de premios. La gente reunida, la música de fondo, los nervios en el estómago, los canapés de espárragos, los vestidos de terciopelo, la barra libre, los hombres en trajes a medida, José en su traje a medida, José en el traje granate a medida, José en el traje granate a medida y las llaves de su habitación, los pantalones del traje granate a medida de José sueltos y arrugados sobre sus zapatos negros mientras la folla en el suelo de moqueta del Majestic de Barcelona. Le gustaban mucho, vamos.

Ella sabía que el nivel ese año estaba muy alto, y suponía que no iba a llevarse ninguna estatuilla a casa, pero la fiesta valía la pena. José iba acompañado de su director. Ambos, productor y director, formaban una pareja formidable. Siempre se terminaban las frases el uno al otro, compartían combo durante los rodajes y se cedían amablemente el turno para entrar en la cama de Helena. No es algo que se vea a menudo. Por eso ellos se iban a llevar el Premio esa noche, por su excelente trabajo en equipo. Nuestra chica adoraba trabajar para ellos, y a ellos les encantaba tenerla de actriz. De hecho le habían reservado el papel protagonista para su siguiente proyecto.

Solo quedaba media hora para la entrega de premios. Todos los actores, directores y productores estaban en la gran sala hablando nerviosos y distantes entre ellos. A Helena nunca le gustaron los ambientes pre-gala. Notaba que se movía demasiado cuando se ponía nerviosa: no sabía donde poner las manos, qué cara poner en las fotos… solo cuando escuchara el nombre exacto que se llevaría la estatuilla a “Mejor actriz secundaria” se quedaría tranquila. Fuera cual fuera el nombre premiado. En cierto momento vio al director dando vueltas alrededor de la mesa de cátering buscando el aperitivo perfecto para calmar sus nervios. Cuando pareció que se decidía, por fin, por un diminuto canapé de salmón dio media vuelta y pidió un gin-tonic en la barra. Helena se acerca a él, le coge la llave de la habitación 102 del bolsillo del traje, la menea ligeramente delante de sus ojos, y se encamina al ascensor. El director mira alrededor, disimula con unos pasos en dirección contraria y finalmente sigue el camino de la bella actriz.

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Pierdo los Papeles

-Debe adquirir el modelo 036 en la ventanilla 4 de la planta baja. No olvide pedir turno en las máquinas, ¡Siguiente!

La Burocracia, bendita Bu-ro-cra-cia: Se juntan y cierran los labios durante un viaje de cuatro melódicos pasos. Dejándome el último con la boca ligeramente abierta, preparada para morder sensualmente el bolígrafo ante la mirada inerte del inspector. Bu. Ro. Cra. Cia.

-Por favor señorita, estos bolígrafos son propiedad del Estado.

-Perdóneme usted. Soy una contribuyente muy mala. Quizá tendría usted que mandarme a rellenar un modelo 094 para que aprenda. Y me manda usted a entregarlo al otro edificio, para que tenga que hacer cola otra vez. Sí, señor, soy muy muy mala, he hecho un mal uso de una propiedad del Estado, y ahora tengo que declararlo todo… todo.

Cuando descubrí el enorme placer de la Burocracia me encontré a mí misma. Encontré mi orientación. Mentiría si dijera que no había notado ciertos indicios hasta el momento. Verán, mi madre era autónoma, y yo a menudo la acompañaba a hacer su Declaración de la Renta, el IVA, el IRPF… Mientras veía al rígido trabajador sellando cada hoja, cada fotocopia del DNI, con su expresión contraída y los músculos tensos, noté por primera vez en mi corta vida un ardor en mi vientre, un cosquilleo acuoso que se expandió en todo mi ser, y de repente se convirtió en una densa gota desprendida sobre mis inmaculadas bragas. En ese momento me dirigí al servicio y descubrí la reacción de mi cuerpo ante la digna y recta Burocracia. Saqué de mi bolso la pluma que me regaló mi padre por mi comunión, y la metí entre mis húmedas bragas hasta que noté como el capuchón abría una grieta en mí. Perdí la capacidad de sentir, de escuchar, no existía nada más en el gris edificio que la rígida pluma abriéndose paso entre mis blanquísimas piernas.

En ese momento perdí la virginidad. La firmé y el Estado la compulsó y la archivó para no abrirla jamás. En ninguna otra ocasión me sentí de un modo similar durante los siguientes años. Ninguna redacción para aburridos profesores, ni siquiera cuando redactaba con mano firme, derramando la tinta de la misma pluma de aquella vez, fue lo mismo. Así que cuando cumplí la mayoría de edad, y por fin la Administración podía tomarme de la mano, abrí mi propio negocio y me di de alta cómo autónoma. Cada trimestre acudía a nuestras citas, con mi pluma en el bolsillo y mi carpetita bajo el brazo, lista para reclinarme sobre cada escritorio con el DNI entre los labios hasta que, si llegaba, llegara el día de mi jubilación.

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Miel con miel comida de tontos

miel y manzana; miel y babas; miel y atún; miel y dulcecito; miel y rosa; miel y asquito; miel y lucecitas; miel y porros; miel y dinero; miel y pijama; miel y colorines feos; miel y ¿bien?; miel y limón y sudor; miel y potadito; miel y raro; miel y mellow; miel y piscina; miel y ¡ni de coña!; miel y mentiroso; miel y escoba; miel y pesto; miel y campo, y azúcar; miel y galletas; miel y canela, y chuches;miel y melón; miel y hierbecita; miel y adiós; miel y vino; miel y fresas, y baileys, y chocolate; miel y zanahoria.

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Descripción de un paisaje

Siempre veía el mismo paisaje, siempre con la misma persona, desde la terraza de su casa: los patios de las casas que rodeaban la suya, siempre llenos de flores; un parque donde siempre había los mismos niños jugando a papás y mamás; siempre el olor a queso fundido que emanaba la pizzería de al lado; siempre una carretera vacía a lo lejos, que cortaba una montaña verdísima; siempre alguna lágrima que se desprendía sin permiso por mis mejillas. Y siempre me sorprendía y emocionaba ese paisaje.

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Tu nirvana

Quiero ser tu nirvana, tu tierra prometida, tu don, tu musa, tu alo, tu vida. Quiero que me comas, que me sientas, que me vivas. Soy tuya, poséeme, tómame, júrame que no me dejaras escapar.

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Huele a lo que sabe

Como siempre solté un grito de miedo, de susto, de asfixia, de pérdida de control. La ancha cinta de terciopelo verde brillaba alrededor de mi cuello y se enrollaba bajo su mano enfurecida y tensa, aprisionándome, quitándome el aliento. Casi no sabía distinguir si me gustaba o me daba miedo. Hipopsifília se llama. La suavidad de la tela le permitía descargar todo su nervio sobre mi cuerpo sin dejar llagas y confundirme a mí en una sinestesia de olor y tacto. Sudor, saliva y sangre. El aire que me falta sabe a terciopelo.

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Mami, soy una estrella del porno [relato breve]


Mujer está sentada en el sofá, y cuenta.

Mujer: En realidad, nos conocimos por casualidad, el destino nos ligó… ¡todo fue tan bonito!

Flashback.

Mujer se está  peinando con un cepillo delante del espejo, en picardías, maquillada con los ojos negros y rimmel, labios rojos (podría estar sentada sobre la cama). Se oye alguien saltando cerca, y aparece en el balcón el hombre. Ella grita. Él le tapa la boca.