Pierdo los Papeles

-Debe adquirir el modelo 036 en la ventanilla 4 de la planta baja. No olvide pedir turno en las máquinas, ¡Siguiente!

La Burocracia, bendita Bu-ro-cra-cia: Se juntan y cierran los labios durante un viaje de cuatro melódicos pasos. Dejándome el último con la boca ligeramente abierta, preparada para morder sensualmente el bolígrafo ante la mirada inerte del inspector. Bu. Ro. Cra. Cia.

-Por favor señorita, estos bolígrafos son propiedad del Estado.

-Perdóneme usted. Soy una contribuyente muy mala. Quizá tendría usted que mandarme a rellenar un modelo 094 para que aprenda. Y me manda usted a entregarlo al otro edificio, para que tenga que hacer cola otra vez. Sí, señor, soy muy muy mala, he hecho un mal uso de una propiedad del Estado, y ahora tengo que declararlo todo… todo.

Cuando descubrí el enorme placer de la Burocracia me encontré a mí misma. Encontré mi orientación. Mentiría si dijera que no había notado ciertos indicios hasta el momento. Verán, mi madre era autónoma, y yo a menudo la acompañaba a hacer su Declaración de la Renta, el IVA, el IRPF… Mientras veía al rígido trabajador sellando cada hoja, cada fotocopia del DNI, con su expresión contraída y los músculos tensos, noté por primera vez en mi corta vida un ardor en mi vientre, un cosquilleo acuoso que se expandió en todo mi ser, y de repente se convirtió en una densa gota desprendida sobre mis inmaculadas bragas. En ese momento me dirigí al servicio y descubrí la reacción de mi cuerpo ante la digna y recta Burocracia. Saqué de mi bolso la pluma que me regaló mi padre por mi comunión, y la metí entre mis húmedas bragas hasta que noté como el capuchón abría una grieta en mí. Perdí la capacidad de sentir, de escuchar, no existía nada más en el gris edificio que la rígida pluma abriéndose paso entre mis blanquísimas piernas.

En ese momento perdí la virginidad. La firmé y el Estado la compulsó y la archivó para no abrirla jamás. En ninguna otra ocasión me sentí de un modo similar durante los siguientes años. Ninguna redacción para aburridos profesores, ni siquiera cuando redactaba con mano firme, derramando la tinta de la misma pluma de aquella vez, fue lo mismo. Así que cuando cumplí la mayoría de edad, y por fin la Administración podía tomarme de la mano, abrí mi propio negocio y me di de alta cómo autónoma. Cada trimestre acudía a nuestras citas, con mi pluma en el bolsillo y mi carpetita bajo el brazo, lista para reclinarme sobre cada escritorio con el DNI entre los labios hasta que, si llegaba, llegara el día de mi jubilación.

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